«Real Beauty». ADN Platform

«Real Beauty»: Nada más bello (y siniestro) que la realidad

El espacio expositivo de ADN Platform, en Barcelona, recurre a la belleza como señuelo para tratar la crudeza de cuestiones más candentes de la sociedad actual. Esa es la base de la muestra «Real Beauty», comisariada por Oriol Fontdevila

Detalle de la instalación «Fata Morgana» (2019), de Lara Fluxà

En cierta medida, la exposición central que en la actualidad acoge Platform, el segundo espacio de la galería ADN en Sant Cugat del Vallès, resume bien los intereses de una firma que desde enero de 2013 ha duplicado desde esta base de operaciones su capacidad de acción. Porque «Real Beauty», la colectiva comisariada por Oriol Fontdevila en sus estancias hasta el 9 de noviembre, incide en las posibilidades como arma política de la belleza. Así funciona este ámbito y su galería madre: generando contexto, trabajando con esfuerzo, demostrando que el arte puede provocar el ruido necesario que dé pie a interesantes debates sin renunciar por ello a una actitud sosegada y una apariencia más o menos amable.

No en vano, señalan desde ADN que esta ha sido, hasta la fecha, la propuesta de Platform que más interés ha suscitado, la que más visitas (que para este espacio deben casi siempre concertarse previamente) ha generado. Y las que le quedan. Y posiblemente su éxito se deba a su fácil ingesta, aunque luego lleve aparejada una dificultosa digestión. Que sea bello no implica que sea inofensivo. Esa es la tesis de su comisario.

De hecho, ya nos pone en guardia el nuevo registro del propio Fontdevilla, que en otras citas en La Panera o Tecla Sala se había mostrado «más cañero». El cambio de su paso, no crean, es otra manera de ir a contracorriente, de recuperar las posibilidades de una estética efectista y una apariencia bella, después de todo un siglo –el pasado– en el que la belleza se miró con malos ojos, cuando no se decidió directamente extirparla de la gramática artística de algunas vanguardias para evitar ensimismamientos y adocenamientos.

Detalle del montaje de la muestra

No piensen por ello, pues, que esta es una muestra que añade un filtro instagram más a nuestro deseo por ver la realidad desde sus tonos más resultones. Más bien al contrario: La belleza puede establecerse como herramienta desde la que acceder a lo más inóspito, anodino, absurdo y cruel del ser humano. No es este un canto al idealismo estético, una nueva exhaltación al hiperrealismo domesticado, sino una apuesta por la belleza como señuelo, como puerta desde la que penetrar a realidades incómodas más o menos emponzoñadas.

Y quien dice puerta, dice ventana. Como la que ocupa Lara Fluxà (Palma, 1985), la artista de moda en la Ciudad Condal. La muestra recoge el trabajo de cinco artistas locales, con mayor o menor proyección internacional. Tal y como les digo, Fluxà (apuesta para Art Nou de ProjecteSD y premiada tras su paso en 2018 por el Espai 13 de la Fundación Miró) ocupa el gran ventanal de la nave que acoge Platform, y, por ello, el «marco» que nos invita a contemplar su exterior. Sobre sus vidrios sitúa ella sus ya habituales estructuras de cristal que, en cierta manera, al estar además rellenas de agua, alteran la dirección de los rayos de luz que entran en la estancia. Es bello, pero nada es lo que parece. Un espejismo de orden superior, como el «Fata Morgana» que le da título.

Muy cerca de ella, la gran vitrina de «Stones»,en la que el belga Kasper Bosmans (1990) ha dispuesto hasta 278 piedras preciosas… Preciosas, para las gallinas, que son las que las ingieren para ayudarse en la digestión. Para nosotros no son más que restos, cuya disposición también es bella, sobre todo por la fragilidad de sus estructuras, pero que nos informan del carácter arbitrario con la que dotamos a algo de valor. En una segunda capa de lectura se sitúa que estas piedras, en realidad parte de los excrementos de sus propietarias, fueron ingeridas por una raza específica creada del cruce de varias a finales del siglo XX a la búsqueda de ejemplares de particular plumaje que los convirtiera en aves destinadas a la ornamentación y el espectáculo.

Uno de los caracoles de Rubén Verdú

No es el único cruce que se da en la cita: también la eslovena asentada en Londres Jasmina Cibic (1979) pone a trabajar a ilustradores y científicos para generar la rosa perfecta que nace de injertar la variedad denominada Europa (invención a su vez del jardinero de Josefina Bonaparte) e hipotéticos ejemplares con el nombre de prohombres de la Historia del viejo continente: Churchill, Adenauer, Jean Monnet… Este es asimismo un ejercicio de sometimiento, con la flor, femenina, «polinizada» a la fuerza.

Sobre repisas, agradables a la vista, los bordados de Ella Littwitz (1982), a la que Fontdevila rescata de la colectiva en La Panera «Un elefante en la habitación» para volver a trabajar con ella. Su propuesta es quizás la más activista de todas las presentadas, pues los motivos de estos telares, realizadas por bordadoras palestinas, no dejan de ser los antiguos molinos de batán de Wadi Amud, en Galilea, un área que se caracterizó siempre por ser un foco de hibridación e intercambio cultural (allí recalaron también algunos de los judíos expulsados por Castilla en 1492) y que estuvieron en activo hasta que sus propietarios fueron deportados tras la guerra árabe israelí de 1949.

La pieza sobre la que es más difícil reparar, «Curls», es la del mayor de todos, Rubén Verdú (1962) venezolano de nacimiento, afincado en Vic. Básicamente, porque «tiene vida propia». Se trata de un buen número de caracoles que pululan por una de una de las paredes de la galería. En realidad, hibernan sobre ella, porque es lo que les toca. Si el artista ha elegido a estos seres es por contar en su caparazón con una de las pocas representaciones de la espiral que hay en la Naturaleza, una forma relacionada con la proporción áurea. Y quizás por ello pinta su superficie con pan de oro. De pronto, ante esta acción, recordé aquel rebaño de ovejas teñidas de rosa del festival Latitude y la reacción animalista. Es posible que la pigmentación no dañe a los ejemplares vivos, pero cuando estos sean soltados en el campo, acabada la muestra, su nueva coloratura llamará la atención de los depredadores. Ya llama la nuestra y nos desconcierta en una sala de exposiciones. En este caso, sin duda, la belleza mata.

Detalle del montaje del proyecto de Democracia

Paralelamente, Platform acoge otras dos muestras: de un lado, parte del proyecto «Welfare State» de Democracia, el colectivo del que ahora en la sede de Barcelona se muestra el primero de los tres actos de su ópera «ORDER», el titulado «Eat the rich-Kill the poor». En definitiva, lo que se ofrece, pues, en Sant Cugat es un señuelo (como el de la belleza), para ir a la galería en Enric Granados (o viceversa). Si «ORDER» –que puede disfrutarse íntegro en La Panera– incide en las consecuencias del capitalismo desaforado, «Welfare State» ya convertía en espectáculo su ansia especulativa. Ambas propuestas están en la línea de lo expuesto por J. Rancière en «El espectador emancipado»: Nadie puede permanecer pasivo ante lo que sucede porque todos somos parte de ello.

Finalmente, Jordi Vernis comisaría a Esteve Subirah (1975), que con fotografías de archivos de prensa enfrenta dos realidades en principio distantes (refugiados españoles de la Guerra Civil Española de los años 30 y embalses de Algeria puestos en pie en aquel país en los sesenta como ensayos de arquitectura civil que luego se trasladarían a su metrópoli). Subirah se niega a «contaminar» más el ambiente generando más imágenes (es la base de «No más paisajes. Estrategias de la fisicidad»), sobre todo cuando la puesta en común de algunas de las existentes, además de bellas asociaciones, da pie a nuevos relatos que aguijonean tanto como lo narrado en «Real Beauty». Están avisados.

Imagen del proyecto de Esteve Subirah
«Real Beauty». Colectiva. ADN Platform. Sant Cugat del Vallès (Barcelona). C/ Víctor Hugo, 1. Comisario: Oriol Fontdevila. Hasta el 9 de noviembre.

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 31 de julio de 2019

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