Apertura de Delirio Estudio

Delirio (Estudio) en pleno Carabanchel

A Elena Lavellés, Julio Galeote, Avelino Sala y Jorge García no solo les une su interés por el mismo tipo de arte. Desde la semana pasada, también lo hace su nuevo ámbito de trabajo, Delirio Estudio, en el populoso barrio de Carabanchel

Jorge García, Elena Lavellés, Julio Galeote y Avelino Sala, integrantes de Delirio Estudio (Foto: E. Agudo)

Cuando Elena Lavellés (Madrid, 1981),Julio Galeote (Madrid, 1977), Avelino Sala (Gijón, 1972) y Jorge García(Toledo, 1977) se pusieron a darle vueltas a cómo organizarse en el espacio que acababan de alquilar y que se iba a convertir en estudio compartido se dieron cuenta de que la palabra «delirio» salía mucho a colación. «Por eso nos quedamos con ella para ponerle nombre. Hubo consenso inmediato», recuerda el asturiano. Él fue el que, quizás, más la mentara en esas conversaciones: es el único que venía de fuera (tenía ya taller en Barcelona, un espacio que de momento va a conservar) y el único que hasta la fecha no había compartido espacio de trabajo con otros creadores.

Sin embargo, Sala sabía que jugaba sobre seguro: «Queremos que este sea un espacio vivo, nuestro espacio natural de trabajo, pero un lugar también en el que queremos que pasen más cosas, que se generen sinergias. Procediendo de esta manera, esperamos que muy pronto surjan contaminaciones interesantes entre nosotros mismos y de nosotros con los demás».

En ese sentido, los cuatro integrantes de Delirio Estudio juegan con ventaja: todos ellos comparten una misma visión del arte, y entre sus trabajos, que se nutren de lo político y lo social, es fácil encontrar vasos comunicantes. Por otro lado, también se sitúa a su favor el contexto: el nuevo taller se ubica en Carabanchel, el barrio de moda de los artistas en Madrid, en un edificio además, el situado en los números 38-40 en la calle Nicolás Morales en el que son vecinos de otros interesantes espacios autogestionados, como 4.7 de Patricia Mateo y José Luis López de Moral, dos plantas más arriba, o la galería La Gran, entre los últimos en aterrizar, una más abajo. Esto por poner solo dos ejemplos.

Jorge García en sus arte del estudio

Fue Elena Lavellés la que primero llegó a este lugar –una antigua empresa de gráficas, cuyo cartel aún luce en el portal– y la piedra angular sobre la que poco a poco fueron pivotando todos los demás: «Desde mi vuelta a Madrid hace dos años –relata– echaba de menos un espacio en el que trabajar con gente y hacerlo en comunidad, compartiendo. Comparando con lo que tenía en mente, encontré esto y entonces les llamé a ellos, que sabía que buscaban también un ámbito para trabajar».

Delirio Espacio luce hoy con pocas diferencias a como lo encontraron sus actuales inquilinos. Sí que es cierto que hubo que deshacerse de la maquinaria que habían dejado sus antiguos propietarios (y todavía queda por ahí algún luminoso que de una vez nos retrotrae a su pasado), pintar y adecentrar un poco, pero sin convertir aquello en un cubo blanco impoluto o algo que se pareciera demasiado a una galería: «Queremos que este sea un sitio donde se pueda manchar o golpear, sin miedo a tener mucho cuidado con lo que haces», apunta Julio Galeote.

Julio Galeote prepara uno de los focos de sus fotografías (Fotos: E. Agudo)

Él ha sido el último en mudarse. Lo ha hecho hoy mismo. Su mesa, enfrentada a la de Lavellés, luce pelada, con tan solo un catálogo de una exposición pasada. El nuevo estudio es amplio, luminoso, y los integrantes de este improvisado colectivo se han ido situando en él de forma natural, buscando el sol, situándose de dos en dos en las grandes habitaciones más lejanas a la entrada, las que gozan de grandes ventanales por los que se filtra la luz. «En realidad, no hay espacio dedicados a casi nada en concreto, salvo las habitaciones más pequeñas de la entrada, que se destinarán a almacenes. Pero la idea –explica García, que lleva ya allí dos semanas– es que cada uno vaya haciendo acopio del espacio en función de sus necesidades, plegándose y replegándose en función de sus ritmos y los de los demás».

El nuevo estudio es un taller peculiar. Le diferencia de otros, por ejemplo, que allí trabajan cuatro artistas «titulares» (llamemos así a los ya mencionados), junto a los que irán sumándose, entrando y saliendo, otros tres autores con los que mantienen una «colaboración continuada». Ellos son Bárbara Fluxá, Chus García Fraile y Nicolás Laiz. Con ellos y con otros amigos y colegas (los canarios Luna Bengoechea y Acaymo S. Cuesta; Eugenio Merino, que ha sido el «casero» de Avelino desde su llegada a Madrid; Olalla Goméz, Pelayo Varela e Isidro López Aparicio, cuya pieza, la de este último, es una colaboración con Antonio Murado), se ha conformado estos días en estos territorios una exposición.

Avelino Sala coloca algunas de sus obras (foto: E. Agudo)

«Este proyecto nos ha servido para inaugurar el espacio, pero es, ante todo, una presentación, nuestra manera de decirle “hola” al barrio», considera Jorge García. Es su manera de darse a conocer y de ofrecerse a los demás, con una muestra con otros artistas muy cercanos, de los que ya poseían obra o con los que querían trabajar, y que fueron invitados por los integrantes del estudio. Porque la idea es que en Delirio pasen cosas: «En un mes, aquí se desarrollará un proyecto cinematográfico. Queremos fomentar en nuestros espacios el ir y el venir, que esto siempre esté lleno, que si por lo que sea, una residencia, alguno lo abandona, pueda entrar otro creador», detalla Sala.

Por eso consideran que cuatro integrantes es un número ideal: «Para sostener nuestra labor y para compartirla con otros, convirtiendo de repente esto en un plató de fotografía improvisado, un ámbito para charlas, para presentaciones, o para trabajar de manera fluida y compartida».

Porque si una cosa tienen clara los integrantes del estudio, es que Delirio es «un» proyecto que se ha de desarrollar de forma orgánica y sosegada, que de ninguna manera puede convertirse en «el» proyecto: «Eso creo que fue lo que ocurrió con Mala Fama –relata García–, razón por la que ahora lo he abandonado. Pero sin malos rollos, sino simplemente porque veía que necesitaba centrarme más en “mi” proyecto, en mi trabajo personal. Tengo un gran respeto por sus integrantes, que además son vecinos cercanos, los quiero mucho, pero me apetecía un cambio de rumbo».

Elena Lavellés, promotora de Delirio Estudio (foto: Ernesto Agudo)

Allí, en Mala Fama, Jorge aprendió a trabajar compartiendo el espacio, y allí tuvo grandes charlas con Carlos Aires o Alejandro Botubol. «Sin embargo, nuestros trabajos no estaban en los mismos intereses, cosa que sí que me pasaba con Avelino, con el que hablaba mucho a diario. Es casi como de la familia». Ahora, ese intercambio de pareceres se va aproducir de forma natural.

Avelino Sala, por su parte, llegó a Madrid consciente de que «este es el lugar en el que hay que estar: primero porque es donde pasan todas las cosas en nuestro país, y segundo, porque la situación política y social el Barcelona y Cataluña ahora mismo es la que es»: «Hablé con Jorge para compartir algo aquí y en nuestro camino se cruzó Elena. Vimos una oportunidad maravillosa que no podíamos rechazar». Él es el alma máter de la revista «Sublime» e, inevitablemente, Delirio se convertirá en extensión de la misma. Igual que a Jorge lo veremos allí todos los días –y desde bien prontito, porque a él no le importa madrugar–, Avelino es mucho de trabajar desde casa.

En la habitación contigua se han situado Elena y Julio. Este último, también llega de un espacio vecino (Estudio Lisboa, en el que compartía con Davinia Reina, Fernando Guijar, Fernando Torres y María Platero), pero el sitio se le quedó pequeño. Sus fotos de instalaciones han pasado a ser «más instalativas» (y algún ejemplo vemos en esta visita): «Yo soy más de tarde, noche, desde los tiempos de la facultad. La luz me molesta para hacer fotos, no me gusta mucho el ruido y cuando estoy muy metido en una obra, prefiero estar solo».

Los cuatro artistas de Delirio Estudio (Fotos: Ernesto Agudo)

Poco molestará de esta forma a Lavellés, que también es novata en el arte de compartir estudio, fuera de una residencia, de una manera tan orgánica: «Pero lo necesitaba, necesitaba de un diálogo activo». Ella es la que más alaba el contexto en el que se enclava Delirio Estudio: «Vivo en el centro y eso está muy bien para salir, para ver exposiciones. Pero para trabajar, este es un entorno más amable, por ser más de barrio, en la que todo lo tienes a mano, con tiendas para conseguir lo que precises, a lo que se suma los dos montacargas del edificio que permiten subir y bajar las obras sin necesidad de estar a pie de calle».

En Delirio Estudio se podrá disfrutar (al menos ellos lo harán) de algo en lo que repara Jorge García: «Le damos mucha importancia a la obra final, compartir esas conclusiones, pero poco compartimos los procesos de creación que es algo casi más importante y enriquecedor». Con esa intención lo ponen en marcha sus cuatro integrantes. Sin presiones, disfrutando de las pausas, sin obsesionarse. Para que no haya que gritar: «¡Qué delirio este Delirio!».

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 15 de noviembre de 2019

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