En el estudio de Alexander Apóstol

Juegos de espejos en las estancias de Alexander Apóstol

Hace tres años, Alexander Apóstol decidió, tras quince años residiendo aquí, que Madrid sería su ciudad. Desde entonces empezó a forjar las bases de su estudio-vivienda en el Barrio de las Letras, que ahora crece con un segundo local

Alexander Apóstol en el salón de su domicilio. Foto: Isabel Permuy

Está como un niño con zapatos nuevos. Alexander Apóstol (Venezuela, 1969) acaba de adquirir hace tan solo quince días un nuevo espacio en Madrid y no ve el momento de comenzar las obras de reforma en el mismo para poder disfrutar de él. No está muy lejos del actual, el que es también su residencia, a tan sólo dos calles en el populoso Barrio de las Letras. Una ganga, tanto por su precio como por su prestabilidad y su belleza, a tenor de en lo que se está convirtiendo la zona, después de que la especulación inmobiliaria en la ciudad haya hecho ya estragos en zonas aledañas como La Latina, Chueca o Malasaña.

«Todavía no sé cómo voy a gestionar ambos entornos, aunque es muy posible que el nuevo se convierta en una réplica de éste». El fotógrafo y videoartista venezolano se explica desde «la vivienda antigua», aunque definirla así también es algo exagerado, teniendo en cuenta que a ella llegó hace tan sólo tres años. Lo hizo tras una residencia en México, donde permaneció seis meses. De hecho, algunas de las obras que ahora nos contemplan en el salón fueron fruto de esa experiencia. «Fue algo increíble, trabajé con gente muy profesional, y me ayudó a explorar ese país, que es fascinante; pero también me hizo platearme cuál era mi sitio. Y pese a que había vivido en Madrid ya unos diez años, sólo entonces me di cuenta de aquello. Y fue así como empecé a invertir». Y a echar raíces…

Apóstol, en su dormitorio, con algunas de sus obras (Fotos: Isabel Permuy)

En el caso de Alexander Apóstol, ese «echar raíces» estuvo vinculado ala recuperación de su biblioteca, a nuestras espaldas, repleta, llena de conocimientos encerrados en sus libros desde un lado del salón. «La biblioteca es indisoluble de mi proceso de investigación. Sin embargo, siento que es pequeña, vigoréxica con los libros, aunque le faltan muchísimos. Lo que hay aquí lo he podido traer poco a poco desde Venezuela, sobre todo desde ese momento que decidí quedarme en Madrid, lo que es un tormento, pues si bien sabes el trabajo que supone transportar seis volúmenes en un viaje, imagínate lo que es traerse toda una biblioteca. Sólo cuando estén todos los de allí aquí conmigo sentiré que me mudé definitivamente».

Hasta la toma de esa decisión, Apóstol, venezolano, de Caracas, había vivido en Ferraz, frente al Templo de Debod. «¿Y las vistas?», le preguntan aquellos que extrañados no podían entender que hubiera renunciado a algo así. «¿Y el silencio?», les respondía él. Hasta ahora, nuestro protagonista se ha acostumbrado a vivir en pisos interiores. El nuevo local da a la calle, donde tendrá que aprender a gestionar su nueva luz, su bullicio. El asunto de la luz, hasta ahora lo tenía resuelto con un interesante juego de espejos que, frente a los ventanales del salón en el que nos encontramos, amplían los límites de la estancia. También con un abultado número de lámparas que van diseminando puntos inversos de fuga a lo largo de todas las estancias.

Biblioteca, mobiliario, algunos detalles más son reflejo de la importancia del movimiento moderno en la obra y los intereses de este artista, que asume con naturalidad fundir en un único lugar trabajo y vida: «No lo hago por cuestiones económicas, sino por economía de vida –resume–, de cómo me concibo a mí mismo en el espacio. Me costaría mucho dividirme en dos lugares, uno para vivir y otro para trabajar. Cuando buscaba este sitio necesitaba además de un ámbito que me permitiera exhibir piezas. Su movilidad me interesa mucho ahora, poder revisarlas, repensarlas, ver cómo evolucionan sus ideas; hay una necesidad de confrontarme con ellas a diario».

Detalle de la biblioteca del artista

Apóstol organiza su propio espacio de una manera muy natural («Es Hacienda quien me obliga a plantearme cuántos metros son de estudio y cuántos de casa», bromea). En realidad, la vivienda es un gran espacio diáfano dividido en tres contextos gracias a las puertas correderas que separan entrada y cocina de salón, y salón de dormitorio. Los espejos hacen todo lo demás. «Suelo trabajar en el salón, pero la habitación del fondo la entiendo como parte del estudio. A veces utilizo sus paredes. Si vienen a verme curadores, coleccionistas, otros artistas, no tengo inconveniente en que pululuen por toda la casa». Sobre el escritorio –una mesa de madera inmensa, de gran belleza– reposan dos ordenadores: «El portátil –me indica– es el que explica mi nomadismo dentro de mi propia casa».

La concepción de estudio de Alexander ha ido cambiando con el tiempo. En realidad, lo han sido todas sus anteriores viviendas. «Gran parte de mi trabajo lo desarrollo en el ordenador. Ahí edito y produzco las imágenes o los vídeos, de forma que ése es el verdadero estudio. Cuando disfruto de una residencia o realizo un viaje largo, puedo decir que éste viene conmigo. En mí no está acumular obras que haya hecho con las manos, obras que no estén en un museo. Todo lo que he realizado está dentro de la computadora y tiene salida física cuando cuenta con un destino». Ahora bien, el estudio como lugar de reflexión, como ámbito de investigación, sí que le obliga a pensar en un entorno con paredes y techado: «Ese lugar será donde estén los libros, donde tenga conexión a internet, donde esté el ordenador con los trabajos anteriores y mis apuntes visuales de los futuros».

Todo fluye en la vida de Alexánder Apóstol. No solo el espacio. También el tiempo. Su jornada laboral no sabe de agendas: «Varía dependiendo de los compromisos». El artista divide la jornada en tres franjas: la mañana la dedica a las «gestiones de calle»; siempre hay que acudir al laboratorio fotográfico o hacer una visita de rigor. La tarde está acaparada por las cuestiones personales. Y es por la noche, cuando ya no hay llamadas y el ambiente está tranquilo, que suele centrarse en su proyecto investigativo: «Antes era más noctámbulo –confiesa– y terminaba como hacia las tres de la mañana. Ahora no supero la una. En quince años me estaré acostando a las once», bromea.

Detalle del segundo local recién adquirido por el fotógrafo

Apostol es un animal nocturno para laborar porque considera que la noche es el momento más íntimo: «Admiro en los demás la disciplina, la capacidad de organización. Yo afortunadamente soy responsable y al final no dejo de hacer lo que me corresponde, pero una mala gestión de los tiempos hace que te pierdas muchas cosas, también de ocio. Yo soy de los que contestan los mails cuando llegan, y llegan muchísimos, o que no tiene una hora para ir al gimnasio. Mi sistema puede parecer de locos, pero a mí me funciona». Lo único que admite haber logrado respetar son los horarios de las comidas: «Y eso es básico: condicionan tu rendimiento», sentencia.

En la actualidad, el artista prepara desde casa su participación en dos bienales: la de Gwangju, en Corea, junto a Clara Kim, conservadora de la Tate, y la de Shanghai, comisariada por Cuauhtémoc Medina. A la primera llevará su primera pieza de vídeo, una obra, pues, ya «histórica» de su trayectoria, que curiosamente nació en Madrid. A la segunda, un proyecto que surgió de improviso, mientras el artista visitaba de nuevo su país y se producía un levantamiento popular con represión gubernamental incluida y que duró unos tres meses. En su deseo por fusionar los aspectos identitarios que tanto le interesan, pero también la herencia de la modernidad, Apostol ha generado una serie de arquetipos de toda revolución latinoamericana («el caudillo, el opositor, la esposa del opositor siempre de gira, el revendedor de bienes, el intelectual de doble cara…», enumera), a través de los que retratar a toda la sociedad, construidos a partir de una colaboración con una ONG que se ocupa de los derechos de los transexuales en su país de origen.

Apóstol, en otra de las estancias de la vivienda

Nos lo cuenta antes de acompañarnos al nuevo local, el que antes perteneció a otro artista, el pintor Eduardo Vega de Seoane; el que, ahora vacío, con las huellas del inquilino anterior sobre sus suelos y paredes, y preparado para acometer sobre su estructura una buena reforma, acabará contando con una nueva personalidad, a imagen y semejanza del espacio madre, juego de espejos incluido. Y el entorno, desnudo, me hace recordar esos primeros estudios de Apóstol, donde, con tan sólo 20 años, generó en un baño en desuso su primer laboratorio fotográfico en casa de sus padres. Allí aprendió a trabajar en silencio, casi a oscuras: «No podría compartir el estudio. Ya lo hago con mi pareja. Sé que la experencia de la mirada del otro es muy enriquecedora, pero yo prefiero encontrármela en las exposiciones, en las muestras colectivas. Si ésta es diaria, creo que me agobiaría».

Detalle de los espacios de la casa

Poco o nada influirá que Alexander trabaje aquí o lo haga dos calles más arriba. Su labor no se verá afectada: «No pinto, no me influye la luz; tampoco estoy postrado en una cama como Frida; no me afecta el entorno. El formato del trabajo es poco sensible al formato del estudio porque está contenido en el ordenador. Y siempre trabajo la escala en función de aquélla donde se expondrá la obra. Cuando lo hago sin esas referencias, me surgen un montón de interrogantes, hago muchas pruebas». ¿Será este el estudio definitivo?: «Al Barrio de las Letras llegué por tiempo determinado, pero este nuevo espacio sí que es mío en propiedad. Y es sensible a cambiar de uso». Vaya donde vaya, a Apóstol le acompañará su biblioteca nómada, sus lámaparas, sus juegos de espejos.

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 27 de julio de 2018

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